La revolución personal

 

“Y se rebelaron de repente…”


Este texto puede utilizarse y divulgarse libremente, siempre que se cite la fuente

Hace doce años, una mujer de mediana edad (Maricarmen) me solicitó psicoterapia. El motivo: mes y medio antes de nuestra reunión, sin causa aparente alguna, agredió a sus dos hijos preadolescentes y a su esposo; todos terminaron en el hospital por las graves heridas que les infringió. Ella misma acabó en una clínica psiquiátrica a la que ingresó voluntariamente, pues no entendía el porqué de su comportamiento. El tema central de nuestra reunión no fue la violencia, ni el enojo, ni la frustración, sino: la desesperanza que sentía antes de su arranque violento. Hoy esa misma mujer, completamente recuperada, es visitadora de derechos humanos; su caso me llevó a recordar el de un niño de diez años de edad (Daniel), a quien conocí cuando prestaba mi servicio social. Daniel, llamó mi atención en virtud de que durante doce sesiones de terapia de juego grupal, permaneció aislado, callado y cabizbajo, hasta que en la penúltima sesión, en una actividad en la cual los niños participantes podían expresar su enojo ante un muñeco de trapo -tamaño natural, por cierto-, que representaba a alguien que les había hecho daño; sucedió lo impensable, el chico se involucró en la actividad, a tal punto que, él solo, de manera frenética, hizo añicos el muñeco. Prácticamente al final de la sesión, la escena era: participantes y terapeutas distribuidos en el aula, en silencio, mirando estupefactos cómo aquel pequeño, una hora antes, callado y triste, propinaba sendos puñetazos acompañados de gritos de furia, a los restos del destrozado muñeco. Cuando le pregunté cómo se sentía, respondió sin titubeos: ‘atrapado, atado’. Después, acurrucado en el regazo de mi compañera de terapia, lloró desconsolado por casi una hora. A la siguiente semana, llegó radiante y con paletas para todos. Además de su tristeza, habían desaparecido unas enormes botas altas que no eran suyas, sino de alguien más grande que él, y su lugar lo ocupó, un par de descoloridos tenis azules que como símbolo de su recién adquirida libertad portaba orgulloso.

Desde el núcleo de estas dos experiencias de rebelión existencial –eventos icónicos de la realidad de muchas personas en la actualidad, sometidas por un sistema indiferente y cada día más excluyente, a prescindir de su derecho básico a la autorrealización-, deseo desarrollar algunas ideas que se han entretejido en mí y que giran en tono a una sola cuestión -que plantearé más adelante-, surgida de la relectura del Mito de la Caverna y las partes que constituyen el Alma según Platón; así como de la noción de Rebelión que propone Camus (2014) en su ensayo El Hombre Rebelde.

Como sabemos, el mito de la caverna es pieza medular del ensayo La República, obra en la cual Platón analiza y hace propuestas en lo concerniente a los asuntos del pueblo, para la vida feliz de los individuos en sociedad: “…al formar un Estado, no nos hemos propuesto como fin la felicidad de un orden de ciudadanos determinados, sino la de todo el Estado…” (Platón, 2000, pp. 494–495). Aunque es importante señalar que la República es también un texto sobre ontología, esto es, sobre “lo que es” el ser humano y sobre la paideia, es decir, sobre “lo que deben hacer y ser” los seres humanos para alcanzar su perfección (Iovchuk, T, et., al, 1985).

Con el mito de la caverna, contenido en el Libro VII de su obra, el filósofo intenta explicarnos la situación humana frente al proceso de conocer. La alegoría señala que dentro de una caverna se encuentran, desde su nacimiento, unos prisioneros encadenados de cuello y piernas, que sólo pueden mirar hacia el muro del fondo; detrás de ellos a lo lejos, hay una hoguera encendida y, entre ésta y ellos, se localiza un camino escarpado, a lo largo del cual, se encuentra un muro por donde pasan personas con toda clase de objetos que asoman por encima de él; sobre el muro, se proyectan las sombras de estos objetos y de sus portadores, de tal manera que eso es lo único que han visto los prisioneros durante toda su vida, asumiendo que es la realidad. Platón señala que en algún momento, uno de los prisioneros es forzado a liberarse y sale de la caverna conociendo por vez primera las cosas como son. Aunque al principio, deslumbrado por la luz del sol no logra distinguir entre lo verdadero y lo que creía tal, más tarde mediante el razonamiento logra discernirlo. Al finalizar su relato, establece una analogía metafórica: los prisioneros representan a los individuos colmados de ignorancia al guiar su conocimiento por las impresiones sensibles; las sombras, son las apariencias o lo que creemos es la realidad; la luz del sol, representa el conocimiento verdadero. El prisionero liberado y ascendiendo por el camino, representa al filósofo, que guiado por la razón, llega al ámbito de lo inteligible, al conocimiento verdadero, y a su fin último, la Idea del Bien, pues, dice Platón que “…en el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público.” (Platón, 2008, pág. 342).

La cuestión que emerge en mi conciencia al reflexionar sobre el significado de esta analogía es ¿qué lleva al hombre a desencadenarse? ¿de dónde procede su conocimiento de que está encadenado puesto que su condición natural ha sido estar así toda su vida? ¿Acaso su cuerpo entumecido es lo que lo impulsa y delata? o ¿es la luz de la razón lo que lo libera?; ello me devuelve sobre las narraciones del principio de mi escrito: ¿qué empujó a Maricarmen y a Daniel hacia su emancipación? ¿Cómo se percataron de que su situación no era la única condición posible de sus vidas? ¿Acaso la huida del dolor y el sufrimiento? ¿fue su razón lo que los condujo a romper sus cadenas? o ¿es acaso que son seres excepcionales que pudieron liberarse gracias a características propias?

De acuerdo con Platón, la liberación del hombre en la caverna provino de su naturaleza humana: “…qué pasaría si naturalmente (el subrayado es mío) les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente…”. (Platón, op. cit., pág. 339.). La cuestión es ¿qué parte de su naturaleza le obligó a liberarse? ¿Quién o qué en su fuero interno le forzó a ´levantarse de repente´? y, en el caso de Maricarmen y Daniel ¿qué parte de su naturaleza los llevó a romper abruptamente las cadenas de su situación? ¿qué fuerza interior los condujo a su autoliberación? Como psicólogo, me interesa hondamente esta cuestión, pues comprender la esencia de la naturaleza humana me permitiría realizar acciones certeras y definitivas para contribuir en el desarrollo personal de los individuos.

Aparentemente para Platón este acto de liberación se debe a la fuerza interior del alma que se manifiesta como un todo: “…así como el ojo no puede volverse hacia la luz y dejar las tinieblas si no gira todo el cuerpo, del mismo modo hay que volverse desde lo que tiene génesis con toda el alma (el subrayado es mío), hasta que llegue a ser capaz de soportar la contemplación de lo que es, y lo más luminoso de lo que es, que es lo que llamamos el Bien…” (Platón, op., cit., pág. 343–344).

Así y todo, nuestro autor parece insinuar que quien se liberó en la caverna es un filósofo, es decir, un hombre al que naturalmente le gobierna la parte racional del alma, un hombre inclinado al conocimiento verdadero, a la contemplación, como se puede extraer del siguiente párrafo: “…no hay que asombrarse de que quienes han llegado allí no estén dispuestos a ocuparse de los asuntos humanos, sino que sus almas aspiran a pasar el tiempo arriba…” (Platón, op., cit., pág. 342); donde ‘arriba´ parece significar el mundo inteligible de las Ideas, de la Realidad Verdadera, terreno que atribuye Platón, al hombre filósofo.

Sin embargo, aunque la porción racional del alma juega un papel esencial en el acto de autoliberación humana, es más congruente con el pensamiento de Platón, deducir que el poder liberador humano en realidad es la alianza entre dos de las tres dimensiones del Alma que denomina, raciocinio y fogosidad, pues como lo señala Vargas (1991), esta pareja que denota en Platón, la acción/pasión o acción de poder -conocida como ‘dynamis’-, es aquello por lo cual el individuo hace lo que hace, actúa, es decir, que esta alianza conduce a la persona a la acción humana enérgica, que incluso ´cura a la persona de su ignorancia’, la lleva a comprender ´Bien´ la realidad e incluso podríamos decir que le permite un elevado grado de lucidez.

De igual forma, en términos de la filosofía platónica, el alma de Maricarmen y Daniel, tramó una confabulación entre el raciocinio y la fogosidad para que con la fuerza de esta alianza se liberaran de forma arrebatada y ardiente de sus cadenas existenciales, alcanzando con ello, el conocimiento verdadero, es decir, el saber que no están en este mundo para cumplir las expectativas de otros o para vivir encadenados a la voluntad ajena, sino esencialmente para autorrealizarse y en el último de los casos, autotrascenderse, ‘y marchar mirando a la luz’.

A mi modo de ver, y aunque desde una antropología filosófica diferente, poco más de dos mil quinientos años después, Albert Camus, el filósofo del absurdo, con su idea de rebelión, nos ayuda a descubrir lo que forzó a los esclavos del mito de la caverna a ‘levantarse de repente’ e iniciar su camino hacia su liberación o en sus propias palabras, a que “germine su toma de conciencia” (Camus, 2014, pág., 28).

La rebelión, dice Camus es el rechazo inequívoco de una situación considerada inadmisible por el individuo; en el acto de rebelión, el rebelde ha perdido ya la paciencia e iniciado con ello, un movimiento en contra de todo lo que anteriormente aceptaba como connatural (Camus, op., cit.).

El hombre liberto de la caverna, al igual que Maricarmen y Daniel, se cansaron de su situación, la cual cada día, a cada instante, les parecía, una existencia absurda, desesperante, sin salida y sin sentido; porque tal situación, no era algo propio de su naturaleza, y por eso, su alma, los obligó, como un mandato interior impostergable, a ‘levantarse de repente’ en contra no sólo de su verdugo-captor o amo, sino de sí mismos. Descubriendo, en este acto de subversión “…que hay algo que vale la pena conservar, que no todo es absurdo, que hay un sentido de la existencia humana”. (Camus, op.,cit., pág., 31).

Para concluir, Platón lo discierne o intuye bien, no hay otra forma de liberarse que irguiéndose ‘de repente’ como obligado por una fuerza ajena, que en realidad es la fuerza de rebelión que se halla impresa en el alma humana; y es que la rebelión que nos descubre Camus “…fractura al ser y le ayuda a desbordarse. Libera oleadas que, de estancadas, se hacen furiosas”. (Camus, op., cit., pág., 33).

Tal vez nos podía parecer que el proceso de transformación del hombre del mito de la caverna, lo mismo que el de Maricarmen y Daniel, como el de tantas personas, incluso el nuestro -de quien escribe y de quién lee, de todos- podría ser más suave, como una especie de transición; sin embargo, la evidencia cotidiana y atávica nos dice lo contrario, nos dice lo mismo que le dijo al milenario Platón, hay que ‘levantarse de repente’, nos dice lo mismo que al moderno Camus “Para ser, el hombre ha de sublevarse”.

 

 

Bibliografía

 

 

1.      Camus, A. (2014). El hombre rebelde. México: Grupo Editorial Tomo.

 

2.      Iovchuk, T., Iozerman, E., y Schipanov, E. (1985). Historia de la filosofía. URSS.: Ed. Progreso.

 

3.      Platón. (2000). Diálogos. México: Porrúa.

 

4.      Platón. (2008). Diálogos IV. Madrid: Gredos.

 

5.      Vargas, A. (1991). “Tres partes del alma en la República”; Dianoia, Número 37, Vol., XXXVII, 37-47.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Síntesis Curricular

Curriculum Vitae

El despertar de la Masculinidad