El Derecho a una vida socioafectiva plena
El Derecho a una vida socioafectiva-emocional plena
Roque Jorge Olivares Vázquez
Este texto puede utilizarse y divulgarse libremente, siempre que se cite la fuente
“-Por primera vez Don
Corleone se puso de pie para dirigirse a los reunidos…no cabía duda de que
había recuperado su antiguo vigor, tanto físico como mental-:
‘- ¿Qué clase de hombres seríamos si careciéramos de la facultad
de razonar? -comenzó-. Seríamos como las bestias de la selva. Pero la razón
preside todos nuestros actos. Podemos razonar el uno con el otro, podemos
razonar con nosotros mismos. ¿De qué me serviría reanudar las hostilidades,
reanudar la violencia? Mi hijo está muerto, y su muerte es una desgracia que
debo soportar. ¿Por qué tendría que hacer que el mundo sufriera conmigo? Doy mi
palabra de honor de que no intentaré vengarme y olvidaré las ofensas pasadas.
Saldré de aquí lleno de buena voluntad. Permítanme decirles que debemos velar
siempre por nuestros intereses. Todos nosotros somos hombres sin un pelo de
tontos, que nos hemos negado a ser muñecos en manos de los poderosos...La
mayoría de nuestros hijos han encontrado una vida mejor…Pero ninguno de nosotros
quiere que sus hijos sigan nuestros pasos, porque sabemos cuan duro es esta
vida. Todos creemos que ellos pueden ser como los demás, que nuestro valor
servirá para proporcionarles posición y seguridad…Pero debemos empezar a luchar
para ponerlos a la altura de los tiempos. Ya ha pasado la hora de pistolas y
los asesinatos. Debemos ser astutos como los demás hombres de negocios, y ello
repercutirá en beneficio de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. No
tenemos obligación alguna con respecto a los pezzonovantes1 que se
consideran a sí mismos como rectores del país, que pretenden dirigir nuestras
vidas, que declaran las guerras y nos dicen que luchemos por el país. Porque,
en realidad, lo que quieren es defender sus intereses personales… ¿Por qué
debemos obedecer unas leyes dictadas por ellos para su propio beneficio y en
perjuicio nuestro? Y ¿con qué derecho se inmiscuyen cuando pretendemos proteger
nuestros intereses? Nuestros intereses son ‘cosa nostra’. Nuestro mundo es ‘cosa
nostra’, y por eso queremos ser nosotros quienes lo rijan. Por lo tanto,
debemos mantenernos unidos, pues es el único modo de evitar interferencias, o
de lo contrario nos dominaran, como dominan ya a millones…Por esta razón
resuelvo no vengar la muerte de mi hijo…Estoy dispuesto a sacrificar mis
intereses…en aras del bien común. Esta es mi palabra de honor. Y todos los aquí
reunidos saben que mi palabra ha sido siempre sagrada…les juro por el alma de
mis nietos que nunca romperé la paz que hemos acordado. Después de todo ¿somos
o no somos mejores que esos pezzonovantes que han matado a millones y millones
de personas en nombre de la patria?
Don Corleone (El
Padrino)
Extracto del discurso pronunciado frente a
todas las familias
de la mafia después de la muerte de su
hijo.
1
Pezzonovantes: Palabra que tiene cierta
recurrencia en las novelas de Mario Puzo; no tiene significado concreto en
español, tampoco en italiano. Puzo la extrajo de cierta jerga o slang
ítalo-americano. Sin embargo, el sustantivo sirve para graficar a un ‘peso
pesado’ o ‘pez gordo’, de la política, la economía, la banca o la empresa.
A
manera de planteamiento
El tema del presente ensayo nació a partir de un punzante cuestionamiento que me bulló en la mente desde el inicio del curso de la materia de Derechos Humanos. Tiene que ver con el planteamiento iusnaturalista que, en mi opinión, subyace implícitamente en la concepción positiva moderna de los llamados derechos “Fundamentales” que de forma simplista postula la existencia de derechos del hombre fundados tan sólo en la ‘naturaleza humana’ e independientes de las condiciones materiales de su vida social, histórica e incluso anteriores y superiores a cualquier ordenamiento jurídico. Específicamente la idea comenzó a orbitarme en la conciencia a partir de pensar en los Derechos Sexuales y Reproductivos de los seres humanos los cuales son reconocidos ampliamente en muchas sociedades contemporáneas. Mi punto, en el primer momento de mi lucubración, fue si es deseable que todas las personas tengan “derecho” a procrear la cantidad de hijos que deseen, más aún, si todas las personas debieran tener “derecho” a concebir hijos. Mi posición al respecto ha sido desde hace ya algún tiempo, que un derecho como este, así planteado, puede resultar perjudicial tanto para el individuo que lo posee como para la sociedad que se compromete a hacerlo valer; ya que sin considerar las condiciones materiales y el contexto sociocultural e incluso el hábitus psicoafectivo particular de las personas concretas, dicho valor se podría revertir -si no es que ya lo ha hecho- en contra de la raza humana a la cual en apariencia pretende proteger. Ello en virtud de que el tema de la libre procreación humana no sólo se relaciona con el hecho de que cada persona determine liberalmente cuantos hijos quiere concebir y decida el espaciamiento de los mismos; sino que se encuentra inextricablemente vinculado con temas macrosociales o globales muy críticos de nuestra llamada era posmoderna, como lo son, la sobrepoblación, la educación, la salud y la vida digna; aspectos todos ellos que como es obvio comprender, no sólo comprometen la integridad y dignidad del individuo, sino de la aldea global en la que hemos convertido nuestra cultura a raíz de la vertiginosa aceleración que le hemos impreso a la mundialización de nuestro planeta mediante el incansable, rapaz e irracional proceso mercantil, capitalista, materialista y de la metalización de prácticamente toda la actividad y la vida de las personas… Tan inmerso estoy en el orden actual y en la ideología de mi contexto, que al principio la idea me pareció descabellada e incluso retrograda, sin embargo, decidí seguirla con meticuloso detenimiento y continuar no sólo en mi reflexión, sino indagar más al respecto en la literatura pertinente. Afortunadamente me topé con un enfoque novedoso sobre los Derechos Humanos, los cuales aborda desde una óptica menos jusnaturalista y mucho más sociohistórica que la versión convencional actual; dicha perspectiva me posibilitó un acercamiento fundamentado al tema, así como a la consolidación de aquella primeriza y llana reflexión. Además, decidí retomar un tema concomitante con el tópico de mi tesis de doctorado que emergió en mi conciencia con el discurrir del curso motivo de este escrito y que tiene que ver con la pertinencia de proponer y enunciar un Derecho Humano que dé cuenta y visibilice la necesidad de un orden normativo explícito sobre el derecho de todas las personas a una vida afectiva plena más allá de los derechos ya enunciados, como el “Derecho a la Salud” o el “Derecho a la identidad y al libre desarrollo de la personalidad” (Flores, 2009); los cuales, desde mi entender, no reflejan la cualidad humana que de fondo exige ser expresada, esta es la necesidad de la persona de desarrollar sus recursos y potencialidades de la forma más integral, auténtica y creativa posibles y para lo cual es indispensable la promoción de una vida afectiva plena ya que la esfera emocional humana es un potenciador fundamental del desarrollo humano verdaderamente humanizante y humanizador. Todos estos vasos comunicantes de mi pensamiento me llevaron primero a recorrer por medio de la indagación y a presentar en esta oportunidad mediante este escrito, varias aristas del asunto como son: una reflexión básica de la concepción sociohistórica de los Derechos Humanos; una exposición fundamental sobre la Teoría del Desarrollo de la Personalidad que emana del Enfoque Centrado en la Persona (ECP), perspectiva esta última, medular en la cosmovisión del Desarrollo Humano Existencial-Humanista. Para rematar, un primer esbozo de propuesta para la elaboración de un “código” ético en la relación psicoterapéutica, mismo que emerge de la síntesis de todo lo anterior y da concreción al Derecho que deseo proponer sobre una vida socioafectiva-emocional plena; lo he hecho tomando como marco referencial la psicoterapia en virtud de ser uno de los espacios sociales primordiales donde en la actualidad se concretizaría este derecho y del cual poseo alguna experiencia y conocimiento.
Más allá de los derechos fundamentales
Para comenzar este
apartado, deseo confesar con cierta vergüenza intelectiva, que soy
tremendamente profano en el tema de los Derechos Humanos; ha sido este curso el
que me ha puesto en contacto con mi ignorancia y me ha concientizado de la
importancia de tener en cuenta el tema como parte esencial en todo proceso de
promoción del desarrollo humano de las personas. Una vez habiéndome sacudido de
la conciencia esta falta, puedo señalar que cada vez que a lo largo de mi
historia existencial ha aparecido el tema, ya sea en mi vida personal o
profesional o en ambas a un tiempo, me he llenado de inquietudes y preguntas,
dos de ellas vale la pena mencionar aquí; una es, ¿quién decidió cuales eran
los derechos humanos fundamentales?, y la otra, ¿por qué el desarrollo de la
temática comenzó a cobrar fuerza a partir del desarrollo industrial y del
contrato social que aún hoy en día es vigente? Ambas cuestiones me resultaban
harto sospechosas aunque sin eco en mi entorno ni personal ni académico, hasta
que hace un par de semanas investigando sobre el tema me encontré con un autor,
investigador de la UNAM, que le dio vida y fundamento a mi intuición y a mis
sospechas pudiendo solo entonces llegar a esto: frente al contrato social que
surgió hace poco más de doscientos años, firmado con la mano de una novel clase
dominante -La Burguesía- y a partir del agotamiento del viejo régimen
monárquico y del desarrollo de la ciencia y la tecnología, nació la figura del
trabajador independiente.
En torno a los logros que
supuso la revolución francesa; al tiempo que se escuchaban estruendosos los
vitorees de libertad, igualdad y fraternidad, se podían oír también -sólo que
para oídos más agudos- los crujidos que producían los cerrojos de las nuevas
cadenas de la humanidad: cierto es que, con el arribo de la modernidad dejaba
de haber esclavos, siervos y súbditos y junto con todos ellos desaparecía la
fugaz, efímera y falaz protección del amo, el señor feudal y el monarca. Al fin
el hombre concreto y común de la calle había conquistado su tan ansiada
libertad, había nacido el Hombre Independiente, ese que ya no estaría bajo la
tutela de los Grandes Señores, de los representantes de Dios en la Tierra, sino
que respondería a él mismo y en todo caso directamente a Dios a partir de sus
actos, de su vigor, de su fuerza de trabajo, de su voluntad de ser, conocer y
hacer; las cuales por cierto, apenas liberado del yugo opresor y hallándose aún
a la deriva, extraviado frente a su propia y gozosa libertad, entregó a su
nuevo señor, al dueño de los medios de producción, al insipiente burgués;
convirtiéndose enseguida él mismo en el heredero del esclavo, del siervo, del
conquistado, del súbdito: se convirtió en el Trabajador asalariado o
independiente, con varias de sus modalidades como son, el campesino, el obrero
y con el pasar del tiempo, el profesionista. Pero su nuevo amo había aprendido
bien la lección de sus extintos antecesores exterminados por su falta de
cálculo sobre la condición humana y había tomado providencias para evitar la
revuelta nuevamente, esta vez el dominio tenía que ser total y perpetuo, así
que habría de crear dispositivos masivos que en apariencia estarían a favor de
los hombres y que le permitirían ejercer a él su poder con la colaboración
irrestricta de sus cautivos. De tal forma, las nuevas y lustrosas cadenas de
los hombres comenzaron a ser desde ese momento y siguen siendo así en la
actualidad, tan etéreas que fueron prácticamente imposibles de identificar,
tomaron diversas formas y nombres, entre ellas encontramos en la cúspide de la
pirámide de la empeñada libertad humana, junto con las leyes, los derechos
civiles, los derechos laborales y los derechos sociales, en suma los Derechos
Humanos Fundamentales; y de esta forma, como dóciles corderos de sacrificio que
se dirigen al horno crematorio o a la piedra de su inmolación, los trabajadores
avanzaron por su propia y poderosa voluntad, hacia su nueva y hereditaria
prisión portadora de una muerte programada y lenta: la fábrica o más universal,
el lugar de trabajo asalariado o independiente… No obstante, todo lo dicho en
los párrafos anteriores, no vaya a creer el lector que el autor de estas líneas
está en contra de los Derechos Humanos, nada más alejado de la realidad, por el
contrario, encontrándome a favor de los Derechos de la Humanidad es que hago
estas reflexiones. Sólo que busco afanosamente, junto con muchos más, ahora lo
sé, aquellos derechos que van más allá de los intereses de unos cuantos, de
esos derechos que no sólo sirven, la mayor parte de las veces veladamente, para
perpetuar el poder de un grupo cada vez más selecto y privilegiado de seres
humanos, algunos de ellos sin escrúpulos y otros legítimamente convencidos de
que aquello que promueven con su actuar es lo mejor. No quiero unos derechos
humanos que se proyecten hacia el sistema capitalista neoliberal posmoderno ni
de un fundamento legal en favor de unos cuantos, por eso me rebelo ante la superficialidad,
la simplicidad y la falta de veracidad del planteamiento actual. De mi parte,
busco aquellos derechos que, con su existencia, estructura e intención,
contribuyan a la autorrealización y autotrascendencia de cada persona y por
supuesto que posibiliten la realización colectiva humanizadora de la sociedad y
la cultura. Busco quizá, un nuevo enfoque de los Derechos Humanos
Fundamentales, como el que propone el doctor Augusto Sánchez Sandoval, quien en
su obra Seguridad Nacional y Derechos Humanos (2013), realiza una serie de
planteamientos con los cuales busca encauzar el cambio de paradigma en la
conceptualización de los Derechos Humanos.
A continuación, y sólo a
manera de esbozo general, enunciaré aquellos que fueron el tuétano que da
consistencia al esqueleto de las ideas que estoy entretejiendo en el presente
documento:
1. Los Derechos Humanos
no son naturales, ni universales, sino culturales y deben ser reconocidos por
el poder de un Estado de Derecho Democrático, en relación con las condiciones materiales
de vida de una sociedad civil específica.
2. La llamada realidad es
una construcción subjetiva y particular de quienes tienen el poder para decir
lo que es y hacerla obligatoria mediante la ideología-ley. Por ello, el derecho
es una artificialidad y un instrumento de los grupos hegemónicos que oculta su
origen espurio.
3. El derecho es una
ideología ocultadora y excluyente.
4. El discurso jurídico
sobre los derechos humanos constituye un sin-sentido, que se vive
cotidianamente como si lo tuviera.
5. La selectividad en la
aplicación nacional e internacional de los derechos humanos, hacen que éstos se
conviertan en un instrumento del poder.
6. En el continente
americano, existe una contra-revolución preventiva permanente y sistemática.
7. El discurso jurídico
sobre los derechos humanos constituye una ideología que sirve como una máscara,
para ocultar detrás de ella, la violación de los derechos y los abusos del
poder.
Además de estas tesis
fundamentales, una de las propuestas del autor que me pareció muy certera y que
me da pie para el siguiente tema de mi ensayo, es la que se refiere a la
urgente necesidad de dejar de educar a la juventud para la obediencia, lo cual
ha sido otro de los dispositivos sociales del neoliberalismo para imponerse
desde las conciencias de las personas a las personas mismas; y es precisamente
aquí donde el planteamiento de la Psicología Humanista y el Desarrollo Humano
Existencial-Humanista tiene mucho que aportar, particularmente desde la teoría
del desarrollo de la personalidad propuesta por Carl R. Rogers (1988, 1989),
creador del Enfoque Centrado en la Persona, que dicho sea de paso, ha resultado
muy enriquecedor al ser aplicado en el campo de la educación formal,
promoviendo la creatividad, la libertad y la responsabilidad de las personas.
El enfoque que propone Rogers (1989; Lafarga, 1992), busca que la persona
recupere su capacidad interna para autorregularse y que se guie por su propia
experiencia, por sus propias elecciones existenciales y consientes, que lejos
de ser egocéntricas o individualistas son profundamente empáticas, éticas,
trascendentes e inclusivas. Por supuesto ya habrá intuido el lector que el tema
de los Derechos Humanos me ha llevado al tema de la ética, ya que en mi opinión
es sólo mediante los valores del hombre y no del ordenamiento jurídico por sí
sólo, que se podría sustituir el contrato social neoliberal, por uno más real,
inclusivo y humano; y este tema me lleva a las cuestiones siguientes: ¿Desde la
óptica humanística cuáles son los valores humanos fundamentales?, ¿quién determina
cuáles son estos?, ¿cuál es la fuente original de los valores humanos?, cuestiones
que a su vez me derivan al tema de la naturaleza y el desarrollo humanos que se
desencadena a partir de la génesis del desarrollo psicológico del individuo.
Sin embargo, antes de
introducirnos más en el tema, convendría comentar los principales enfoques que
pretenden explicar el comportamiento ético desde la Psicología contemporánea a
manera de contexto.
La
concepción de la conducta ética en psicología
Las tres teorías que más
influencia habían tenido hasta la década de los sesentas en el abordaje del
comportamiento ético desde el punto de vista del desarrollo de la personalidad
fueron, la teoría del Aprendizaje Social, el Cognoscitivismo y el
Psicoanálisis. Recientemente con el desarrollo de los enfoques holísticos y la
Psicología Humanista, esas tres teorías han sido rebasadas por los hallazgos de
estas últimas, de tal suerte que a la moderna interpretación de la naturaleza
de este tipo de conducta, tiene como el eje rector la óptica humanista la cual
se han asimilado algunos de los conceptos de las tres primeras teorías aludidas
(Harsch, 1992). A continuación, presentaré una síntesis de cada una:
La teoría del Aprendizaje
Social se basa en la forma en que aprendemos los complejos procesos de la
conducta social. Esta teoría señala que la persona moral es aquella que se
ajusta a las normas culturales y asimila las reglas como parte natural de su
comportamiento. La comprensión del desarrollo de la conducta moral se alcanza
mediante el análisis de las formas de reforzamiento que se han usado, los tipos
de castigo y los modelos sociales de imitación a los que cada persona ha sido
expuesta a lo largo de su desarrollo. La teoría Cognoscitiva, basada en la obra
del epistemólogo ginebrino Jean Piaget, señala que la conciencia moral se
desarrolla a lo largo de tres etapas, la primera, cuando el niño reacciona a
las reglas y mandatos que recibe del exterior, en esta etapa ser obediente es
bueno y los valores, por ende, son absolutos. En la segunda etapa, la moral es
reciprocidad, es decir, es bueno aquello que causa bienestar a todos los
involucrados, por lo que la moralidad es un hecho absoluto, normativo y social.
Finalmente, cuando el individuo alcanza su plena madurez elige entre diferentes
valores a través de su razonamiento, se podría decir, que se autodetermina. Por
su parte el Psicoanálisis concibe el desarrollo moral como un proceso de
identificación con los padres. Considera que la conciencia es lo mismo que el Superego.
El bien y el mal son las reglas que absorbe el niño y es su respuesta a estas
reglas arbitrarias que asume como naturales y que le resultan difíciles de
abandonar aún a costa de su propio perjuicio. (Lindzey, 1985) En cambio, para
la perspectiva humanista contemporánea la conciencia moral forma parte
connatural del desarrollo psicológico de las personas representando una forma
en la que el comportamiento humano se distingue cualitativamente del
comportamiento de los demás seres vivos; forma parte de su naturaleza básica y
se expresa a través del desarrollo de su personalidad. Por supuesto considera
que en este proceso se juegan dimensiones y procesos como el inconsciente, la
estructuración lógico-racional y el condicionamiento medioambiental, aunque
ninguno de esos elementos es determinante para la libre elección ética de la
persona.
El
Desarrollo del comportamiento ético desde la perspectiva existencial-humanista
Saber distinguir entre lo
que es bueno y lo que es malo, lo que es correcto y lo que no lo es, representa
un arte que los seres humanos practicamos desde el día de nuestro nacimiento.
En el principio de nuestras vidas, distinguir entre lo que es mejor para uno
mismo y lo que es perjudicial es muy sencillo, basta con responder a las
necesidades de nuestro organismo aún no condicionado por los valores y las
normas socioculturales; comer si se experimenta hambre o dormir si se sienten
deseos de hacerlo son en primera instancia las decisiones más arriesgadas que
toma el ser humano recién nacido; hasta aquí, solamente lidiamos con nosotros
mismos para elegir si lo valioso en un momento dado es la comida, los líquidos
o el sueño, hasta este momento de nuestra historia ontogenética el centro de
nuestra valoración es, como lo refiere Carl Rogers, nuestro propio Organismo.
(Rogers, 1957. En: Lafarga y Gómez del Campo, 1992). Sin embargo, las
complicaciones surgen cuando en la convivencia diaria con los Otros, nuestras
necesidades se encuentran, se entrelazan y se enfrentan en una constante
interacción dinámica con las valoraciones de los demás (Buber, 2003); lo cual
nos lleva a la imperiosa necesidad de elegir entre diferentes opciones y en
diversos grados que no solamente nos ayuden a satisfacer nuestras propias
necesidades y deseos, sino a convivir satisfactoriamente con las valoraciones
de nuestros congéneres. De esta modesta manera comienza el desarrollo de
nuestra conciencia moral, la cual forma parte constitutiva de nuestra
naturaleza básica específicamente un producto de nuestras necesidades sociales;
a continuación, detallaré la forma en que ésta se constituye en consonancia con
la propuesta del Desarrollo Humano existencial-humanista:
Desde este punto de
vista, toda la dinámica del comportamiento humano es dirigida por la tendencia
actualizante, es decir, por una inclinación inherente al ser humano que lo
encamina hacia la independencia, el crecimiento y el desarrollo de sus recursos
y potencialidades. Rogers (op., cit.) considera que diariamente somos testigos
de las manifestaciones de esta tendencia que el ser humano comparte por igual con
todos los seres vivos conocidos; los cuales siguen una pauta de evolución que
los lleva de simples células germinales dependientes de otro organismo vivo, a
su maduración como organismos autónomos e independientes. Lo que es más aún,
considera que esta misma tendencia se manifiesta de múltiples formas en todo el
Universo, de tal suerte, que la materia inorgánica se transforma en orgánica,
y, ésta, a su vez, se complejiza cada vez más evolucionando de los organismos
unicelulares a los seres pluricelulares que poseen sistemas de organización
cada vez más complejos. Otra tendencia básica humana que se comparte con todo
el Universo, es la tendencia a la diferenciación; dicha inclinación orgánica se
puede observar muy claramente en los organismos vivos desde su primera división
cigótica hasta la génesis del organismo independiente: primero se diferencian
las células, después los tejidos y, por último los diferentes sistemas y
aparatos, yendo siempre de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a lo
heterogéneo, de lo general a lo específico, de las funciones únicas a las
funciones especializadas. (Lafarga, op., cit.) De esta tendencia a la
diferenciación se forma lo que Rogers denomina la Naturaleza básica, es decir,
los atributos inherentes a cada conjunto de seres comunes que los caracterizan
como una especie particular y que en el ser humano se expresan de la siguiente
manera: El niño se actualiza constantemente mediante la satisfacción de sus
necesidades y la interacción con su medio físico y sociocultural como un todo
organizado que valora flexiblemente sus experiencias como positivas o negativas
según lo ayuden o no a mantenerse vivo y actualizado; por ejemplo, si tiene
hambre, valora la leche positivamente, pero en cuanto su necesidad queda
satisfecha su valoración cambia a negativa y entonces rechaza el alimento. Así
mediante su interacción con el mundo, el organismo recién nacido asimila y
valora las experiencias que le afectan siendo él mismo -o su propia experiencia
organísmica- su Centro de valoración.
Algunas de esas
experiencias comienzan a ser simbolizadas como autoexperiencias, las cuales se
diferencian de las demás experiencias globales que lo afectan, en una
estructura psíquica que se constituye como el Self o Sí mismo. Con el
desarrollo de dicha estructura psíquica, se despierta en el individuo la
necesidad de ser aceptado y considerado positivamente por los otros,
diferenciándose con ello un nuevo centro de valoración de las experiencias y de
las autoexperiencias, el Centro de Valoración Externo, el cual es muy
importante ya que en virtud de que cuando es muy pequeño el organismo humano
depende de otras personas para satisfacerse, la necesidad de consideración
positiva proveniente de los otros adquiere tal fuerza que la valoración
organísmica que en un principio guiaba su desarrollo queda subordinada a la
valoración externa. Además, descubre que los otros también tienen necesidades
que pueden entrar en conflicto con la satisfacción de las propias, así que
comienza a establecer un vínculo que le permita mantener el equilibrio entre
sus propias necesidades y las de los demás mediante el desarrollo del
comportamiento ético, puesto que si por un momento el individuo no considerara
las necesidades, los deseos y los valores de los demás, estaría en riesgo de
ver insatisfechas sus propias necesidades de aceptación, convivencia, comunidad
y cooperación. Así que podríamos decir junto con Savater (2001) que la ética es
una forma de amor propio. No obstante, más adelante cuando el organismo humano
logra subordinar sus necesidades biológicas a las demás necesidades humanas, es
decir, a las psicológicas (aceptación), sociales (pertenencia) y
trascendentales (ir más allá de sí mismo) y, además, consigue elegir
conscientemente sus valores, entonces su comportamiento ético se convierte en
el eje rector del proceso de su humanización. Como lo señala Juliana González
(1996), el ser humano tiene la posibilidad de humanizarse a través del desarrollo
de su conciencia ética, ya que ésta provee a su vida de una cualidad
propiamente humana: “...la capacidad humana de trascender y sobrepasar la
naturaleza se alcanza con la naturaleza misma, sin desprenderse de ella y
proyectándose creadoramente hacia ella.” (p. 24), además, agrega: “La
humanización no es sólo ‘actualización’ de potencias. Lo decisivo es que la
actualización de la propia potencia genera realidades en acto que a su vez
engendran nuevas potencias que no estaban contenidas en la potencia original.” (p.55).
Por ello es que podemos considerar el Ethos del hombre como la segunda
naturaleza humana y podríamos agregar, la legítima naturaleza humana que se
adquiere en la convivencia interhumana; por eso es por lo que desde mi punto de
vista y partiendo de todo lo anterior es que considero que un enfoque nuevo de
los Derechos Humanos podría nutrirse de una visión del ser humano como esta,
donde los valores que los fundamentan, dan sentido y dirección, nacen de la
condición existencial del ser humano, no de las leyes que crea un sistema
jurídico sesgado de origen. Hasta aquí mi reflexión sobre el particular. Ahora
me gustaría centrarme en el tema de los valores en la psicoterapia humanista
promotora del desarrollo de valores existenciales. Por lo que en la siguiente
sección de este documento presentaré dos propuestas sobre los principales
valores que podrían guiar el desarrollo de los promotores de la salud
psicológica; finalmente presentaré los planteamientos valorales con los cuales
guío mi acción profesional en mi trabajo con las personas, los cuales he
desarrollado como 10 producto de mi práctica clínica.
Los
valores y la práctica profesional
Desde la perspectiva
existencial-humanista, la forma en que se puede alcanzar el comportamiento
ético en la práctica profesional es a través de la clarificación de los valores
que subyacen a cada una de nuestras decisiones y acciones. Los valores son
preferencias que explícita o implícitamente elige una persona para actuar o
dejar de hacerlo de una determinada manera (Sánchez, 1990; Rosenbaum, 1985); de
tal suerte que existen los valores ideales, aquellos que deseamos alcanzar y,
los valores reales, es decir, aquellos con los cuales operamos verdaderamente
cuando nos enfrentamos a decisiones que implican una opción importante. También
existen los valores generalizables, que son aquellos que trascienden la
historia y la cultura; o aquellos que forman parte de un grupo específico, como
los familiares o religiosos; aunque también existen aquellos que Frankl (2003)
llama los actitudinales, que son aquellos que se asumen cuando no se puede
cambiar algún acontecimiento que afecta profundamente nuestra vida, se les
considera actitudes ante los acontecimientos. (Frankl, 1992) Los valores que
guían el comportamiento fundamental de las personas sean éstas conscientes o no
de ello, están basados en: la autoridad, la lógica, la experiencia sensorial,
la emoción, la intuición o la ciencia. (Lewis, 1994) Los valores basados en la
autoridad son todos aquellos que se practican porque una figura de autoridad
nos los ha inculcado a través de la imposición o el convencimiento. Las
elecciones basadas en la lógica son aquellas que realizamos a partir del
razonamiento y la reflexión; en tanto que las que se basan en la experiencia
sensorial, son todas aquellas elecciones que tienen que ver con la experiencia
directa de la persona. Con relación a las valoraciones hechas mediante la
emoción, se puede decir que se trata de tendencias que se realizan basadas en
las reacciones emotivas que provoca un hecho particular. En cambio, los valores
relacionados con la intuición son todas aquellas elecciones que realiza la
persona a partir de que vislumbra lo acertado de ella. En tanto que las
elecciones basadas en la ciencia son todas aquellas que la persona realiza
tomando en cuenta los hallazgos científicos.
En cuanto a los valores
profesionales, se puede decir que son útiles para proteger el bienestar del terapeuta
y el de los usuarios de sus servicios, ya que representan un sentido de
responsabilidad que va más allá de la norma, por eso es mejor que nazcan de lo
más profundo del ser de quien la practica, de ahí que no sea posible hablar de
valores por decreto o a priori. No obstante lo anterior, a lo largo de
la historia de la Psicología como disciplina se han desarrollado algunos
códigos éticos con los cuales se ha pretendido regular el comportamiento de los
profesionales de la salud psicológica. A continuación, presentaré los
principios éticos de dos códigos, el estadounidense y la propuesta mexicana
desarrollada por el Dr. Juan Lafarga Corona Sj y otros profesionales de la
Psicología en el marco de las reflexiones de la Sociedad Mexicana de Psicología
(2009); finalmente, presentaré algunos principios éticos que he elaborado como
producto de mi experiencia con los cuales pretendo regular mi práctica
profesional.
Principios
éticos de los psicólogos
El código ético de la
Asociación de Psicólogos Americanos (APA), señala que los profesionales de la
salud psicológica y el comportamiento respetan “la dignidad y el valor del
individuo y se esfuerzan por preservar y proteger los derechos humanos
fundamentales. Están dedicados a incrementar los conocimientos sobre la
conducta humana y la comprensión de la gente sobre sí misma y sobre los demás,
y a utilizar esos conocimientos para promover el bienestar humano.” (op., cit.
pág. 76). Los principios que rigen su comportamiento según este código son, la
responsabilidad, la competencia, las normas morales y legales, la
confidencialidad y el bienestar de los usuarios. En cuando al código ético
mexicano propuesto por la Sociedad Mexicana de Psicología (Op. Cit.), se señala
que el psicólogo es ante todo una persona en desarrollo, que se encuentra
inmerso en una realidad social particular; que es un ser humano interesado en
el crecimiento armónico propio y de los demás, que valora la honradez y la
sinceridad en su vida y trabajo, que es capaz de establecer relaciones interpersonales
de calidad y que se actualiza constantemente; que mantiene una actitud abierta
hacia todas las personas, es cuidadoso en la metodología que utiliza, que
valora la confidencialidad y se encuentra abierto al cambio social. En ambos
casos, los valores son planteados como ideales que se proponen para ser
realizados por los profesionales de la Psicología.
Una
propuesta de planteamientos valorares personales
Me gustaría cerrar este
ensayo enunciando los principios bajo los cuales procuro desarrollar mi práctica
profesional como terapeuta, la cual trato de hacer en congruencia con el
enfoque que al menos explícitamente practico que es el existencial-humanista.
Me pareció un ejercicio interesante hacerlo, ya que además de complementar las
ideas de este ensayo, me permite nutrir el aspecto de la investigación
cualitativa que pone en el centro de esta la percepción o el lugar desde el
cual “mira” aquello que quiere comprender y que de acuerdo con el tema de mi
indagación es la sustancial la psicoterapia.
1. Es existencialmente
conveniente que mi interés por la persona que acude por mi orientación
psicoterapéutica sea el eje rector de cualquier decisión que asuma como
terapeuta. Este enunciado, que refleja una disposición
psicológica, me parece muy importante ya que a lo largo de mi práctica
profesional he descubierto que solamente cuando experimento un interés genuino
por el bienestar de la persona que tengo frente a mí en un momento determinado
puedo facilitar su desarrollo o la resolución de sus conflictos emocionales.
Así cuando se me dificulta, por cualquier motivo, experimentar interés por la
persona, prefiero no trabajar con ella; por supuesto que lo primero que hago es
analizar el motivo de mi falta de interés y si descubro que se trata de algo que
puedo cambiar o ajustar en mí entonces continúo trabajando con ella, de lo
contrario la canalizo con otro terapeuta. He descubierto que cuando siento
interés por la persona, puedo expresar sin ninguna dificultad calidez y
compañía.
2. Me resulta provechoso
pensar que toda persona que busca orientación lo hace para alcanzar la
satisfacción, el bienestar y la salud. Esta disposición de mi
conciencia me ha sido de gran utilidad ya que en reiteradas ocasiones he
escuchado en sesiones terapéuticas narraciones poco agradables para mí de los
actos de la persona con la que me encuentro trabajando e incluso ideas,
sentimientos, actitudes y acciones con las cuales no compagino y que creo que
lo único que hacen en la vida de las personas es obstaculizar su autorrealización,
así que he debido que tener muy presente que estos hechos no se deben a que la
persona sea mala o tenga malas intenciones contra los demás o contra sí misma,
sino a que está tratando de encontrar la mejor solución a sus conflictos para
poder alcanzar la satisfacción y el bienestar y que debido a que su campo
perceptivo está aún limitado no logra ser lo suficientemente asertiva para
alcanzarlos.
3. Es mejor que toda mi
acción terapéutica se encamine a fomentar el crecimiento de la persona.
Con relación a este enunciado quiero señalar que me ha resultado muy provechoso
estar atento de las acciones que planifico o sugiero para la persona que acude
a recibir mis servicios, ya que trato de tener mucho cuidado que mis respuestas
no sean solamente con base en mis creencias o expectativas sobre lo que deben
ser las cosas, sino con base en el contexto sociocultural, afectivo y personal
que vive la persona.
4. Es favorecedor
orientar mi acción terapéutica hacia la promoción de la autodeterminación de la
persona. Esta idea se complementa con la anterior, en virtud
de que una vez que arribo a la conclusión de que las acciones que he
desarrollado para proponérselas a la persona que acude a recibir la ayuda son
pertinentes para ella y responden a necesidades de ella y no mías, entonces
procuro que la persona misma descubra de qué manera sus acciones la ayudan a
autodeterminarse e independizarse de manera saludable del punto de vista de las
demás personas; lo cual me parece fundamental porque con relativa frecuencia he
descubierto que cuando las personas acuden a terapia en un primer momento
tienden a la dependencia con los seres humanos con quienes establecen algún
tipo de relación interpersonal incluido el terapeuta; y por otro lado, mi
tendencia es a aceptar el rol de control que se me ofrece y que a veces busco
activamente en mi vida personal.
5. Me resulta conveniente
ser consciente de que las personas crecen de diferentes formas, a través de
medios distintos y a ritmos propios que están definidos por su personalidad y
por las condiciones específicas que les rodean.
Comprender esto ha sido muy valioso para mí, por eso es una concepción que
intento conservar como un tesoro, ya que, teniéndola siempre presente por lo
menos en las sesiones de orientación psicológica, me dan la posibilidad de
comprender y aceptar las actitudes, conductas, sentimientos y pensamientos de
las personas con las que trabajo. Me he percatado que al manifestar de esta
forma mi aceptación y respeto a las personas, ellas comienzan a aceptarse a sí
mismas y eso es el principio para que alcancen su desarrollo. Aunque en mi vida
personal, con mis seres queridos respetar la forma de desarrollarse de ellos me
ha resultado más difícil, me percato de que cuando lo he logrado, he obtenido
grandes beneficios y ellos se han visto también muy enriquecidos.
6. Prefiero que mi acción
terapéutica esté encaminada en todo momento a fomentar el crecimiento humano
hacia el mantenimiento de la integridad de la persona (física, psicológica,
social y trascendental). Este enunciado, tan importante como
el anterior, me permite recordar constantemente que cuando no esté plenamente
convencido de alguna resolución que tome la persona, debo velar porque su
integridad se mantenga, por sobre todas las demás cosas e incluso por encima de
mi creencia en que es lo mejor o no para ella. Lo importante para mí es
comprender cabalmente que eso es lo que la persona ha decidido y si es con
plena conciencia, aunque a mí no me parezca razonable, sólo velar porque con su
acción no sufra daño alguno.
7. No me gustaría que mi
actuar terapéutico se encontrara limitado por mis conceptos teóricos. Cuando
comencé mi ejercicio profesional, afrontaba todos los casos terapéuticos que
atendía a partir de los conceptos que había aprendido y no intentaba nada que
estuviera fuera de ellos; con el paso del tiempo y la experiencia, he aprendido
que los conceptos teóricos y metodológicos que poseo sobre el ser humano, en
muchas ocasiones son muy limitados con relación a lo que realmente es el ser humano,
por lo cual actualmente intento centrarme más que en los conceptos que aprendí,
en las necesidades de la persona auxiliándome de los conceptos que he aprendido
de la disciplina psicológica.
8. Es preferible que
tenga claridad en los valores que orientan mi acción y mis necesidades como
persona, para que mi relación terapéutica con el otro sea guiada por mi
conciencia. He descubierto que esta idea llevada a la
práctica es fundamental ya que cuando ocurre que no tengo plena claridad en mis
valores y en mis necesidades, tiendo a dejarme llevar inercialmente por ellos y
obstaculizo en lugar de facilitar el desarrollo de las personas que oriento. Sé
que me gusta tener claros los valores que guían mi comportamiento, además, cada
vez que adopto una decisión en la cual creo que está inmersa mi preferencia
personal más que las necesidades de la persona con la cual estoy trabajando en
ese momento, entonces analizo la estrategia en función de los acontecimientos
de mi vida personal y de mis necesidades. He encontrado que cuando tengo un
interés legítimo por la persona, es cuando logro separar lo suficiente, los
aspectos de mi vida personal y los de la suya.
9. Me siento más cómodo
en la relación con la persona, cuando logro que mi la acción sea responsable,
autentica y respetuosa hacia ella. El valor de este
planteamiento radica en que me ha ayudado a guiar las decisiones que tengo que
tomar con relación al trabajo con las personas puesto que cuando logro dar
respuestas adecuadas en la orientación, he descubierto que es porque planteo
estrategias respetuosas que expresan mi propia autenticidad como persona sin
anteponer mis expectativas, creencias o valores.
10. Es mejor la acción
terapéutica que valora el impacto que el proceso de desarrollo individual
tendrá sobre el entorno social de la persona que aquella que lo omite. Durante
mi práctica profesional, he descubierto que es muy importante plantear
soluciones a los problemas o áreas de desarrollo de las personas que consideren
el aspecto contextual y sociocultural de la vida de una persona, pues de lo
contrario la solución será ineficaz o provocará mayores problemas que los que
se intentan solucionar. Creo que considerar este aspecto me ha sido de suma
utilidad también para tomar en cuenta los valores y las necesidades de la
persona que estoy orientando sin imponer los míos.
11. Es mejor encausar a
la persona para que seleccione y elija sus propios valores, normas y metas que
imponerle los propios. En términos generales las personas
que acuden a recibir orientación psicológica se encuentran tan vulnerables que
prefieren que sea otro el que tome las decisiones y ejecute las acciones por
ellos, sin embargo, aunque en ocasiones esto es muy seductor, lo preferible es
no hacerlo, pues a la larga el conflicto personal de los individuos no se
soluciona definitivamente y se genera dependencia hacia la persona del
terapeuta. He descubierto el gran valor de actuar sólo como catalizador o
promotor que como dictador de la conciencia de las personas.
12. Es mejor emplear un
método de intervención terapéutica que coincida plenamente con mis actitudes
que uno que no coincida con mi filosofía de vida.
He descubierto que una terapia no es efectiva solamente por los conceptos
teórico-metodológicos que implica, ni por que el terapeuta los maneje muy bien,
sino fundamentalmente, porque responden y son un reflejo de los valores y las
actitudes básicas de él. De ahí que lo que el terapeuta practique se relacioné
con sus creencias personales para que resulte en beneficio de la persona a la
que presta sus servicios.
13. Es mejor promover o
favorecer como terapeuta, la vida, la autodeterminación, la congruencia, la
sinceridad, la honradez, el amor a uno mismo, el autoconocimiento y la
eficacia, que no hacerlo. He descubierto el valor de estos principios
en mi práctica profesional, de hecho particularmente me encuentro muy a gusto
sabiendo que en ella intento transmitir este tipo de valores a las personas que
cualquier otros, ya que a cada momento me doy cuenta que son valores que
permiten que las personas se humanicen cada vez más y a mí me dan la seguridad
de guiar a las personas. Ninguna psicoterapia es neutral, por eso es
conveniente saber qué tipo de valores promueve.
14. Es mejor proteger la
vida que hacer psicoterapia. Relaciono este enunciado
con la confidencialidad, he encontrado que cuando la vida del usuario o de las
personas que lo rodean está en peligro debido a su actitud, sentimientos,
pensamientos o comportamiento, es preferible romperla que seguir manteniéndola.
15. Es mejor explorar
exhaustivamente todos los datos a creer que cuento con toda la información.
Me parece que este es un enunciado muy valioso, pues a medida que he adquirido
experiencia, en ocasiones he creído poseer todos los datos por haber atendido
otros casos semejantes y la verdad es que me hubiera ahorrado mucho tiempo y
frustraciones, tanto al cliente como a mí, si hubiera considerado que no poseía
toda la información, pues por muy parecidos que sean dos o más casos, en
relación a lo humano, nada es semejante por más que lo parezca, así es que lo
mejor es desacralizar la información que creer que se posee gracias a la
experiencia o a la pericia.
A
manera de conclusión
A lo largo de la
elaboración del presente ensayo he explorado con libertad muchas de las ideas
que han rondado mi conciencia por largo tiempo; todas las he entretejido de la
mejor manera posible en torno a los Derechos Humanos. Sin embargo, al leer
ahora de corriendo el texto que he integrado me percato de que sólo he logrado
bocetar tan sólo mis ideas y enlazar débilmente los hilos que las unen. Será
tarea de otro momento consolidar todo lo que he explorado aquí y continuar el
proceso de reflexión e investigación sobre el tema para más adelante. Por otro
lado, estoy satisfecho de haber llegado a este primer intento de integración y
haber escrito un documento que me será de utilidad para enriquecer mi vida
profesional y por supuesto personal. Me gusta haber actualizado los principios
con los que intento orientar mi labor como facilitador humanista. La manera en
que los sigo es que cada vez que inicio una terapia o un proceso de
acompañamiento personal, cuando percibo en mi cierta duda de mi práctica los
leo detenidamente y reflexiono lo que significan en mi experiencia personal.
Siento que cuando lo hago, mi conciencia se abre a la posibilidad de servir
mejor a las personas.
El verdadero poder no reside
en la política, sino en el sistema escolar dentro del cual somos socializados,
la profesión médica que controla nuestra salud y la psiquiátrica que determina
lo que es psicológicamente normal. M. Foucault (2006)
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